miércoles, 30 de abril de 2014

Pequeña cabaña

Detrás de los enormes edificios rojos del internado hay una cabaña que, supone, alguna vez fue del hombre que se encargaba de cuidar a los animales. De la cabaña sólo quedan trozos de pared y un techo de paja que se ha quedado calvo después de tantos años en descuido. La cabaña es pequeña y laberíntica. Los pies se hunden en el pasto lodoso. Junto a él vienen otros dos de sus compañeros.

¿Cómo es que nunca antes la vio? O tal vez sí, pero la había ignorado. Quién sabe. El asunto es que desde el primer momento supo que debían hacer algo ahí, algo importante, algo que le enseñara a cualquier otro que se atreviera a entrar en la cabaña —su cabaña porque él la había visto primero— a no poner un pie dentro de ella.

En la mano lleva una cubeta de plástico. En el estómago un dolor que espera pronto poder aliviar. Sus dos acompañantes van igual —se lo dijeron; se lo prometieron antes de venir—.Así que su plan marcha según lo esperado.

Al fondo de la cabaña hay una habitación por donde la luz entra como vertida por una regadera; en algunos sitios mucha y en otros sólo oscuridad. Ahí deciden hacer el agujero y enterrar la cubeta.

—Muy bien. ¿Quién va primero?— dice.

Se miran. Sabe que todos tienen ganas de aliviar la tripa pero ninguno de ellos sabe confrontar la vergüenza de hacerlo delante de los otros. El dolor es mucho y la piel comienza a ponerse de gallina.

—Bola de maricas. Dense la vuelta. Les voy a enseñar— dice.

Sus dos compañeros salen del cuarto y él se desabrocha el pantalón. Se coloca en cuclillas, intentando mantener el equilibro en el suelo blando; se coloca encima de la cubeta y deja que el cuerpo comience a hacer de lo suyo. Se lleva una mano a la bolsa y busca el rollo de papel de baño.

—Órale. ¿Quién va?

Una vez que han llenado la cubeta con porquería, la cubren con ramas y restos de pasto. Se fijan muy bien que no parezca que han colocado una trampa a mitad de la habitación. Y una vez verificado, se retiran entre risas, imaginando la cara que pondrá el primero al que se le ocurra poner un pie adentro.

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