miércoles, 16 de abril de 2014

Fechas de entrega

Hay ocasiones en que, por más que lo intento, simplemente nada bueno sale. Tengo una idea, hago bosquejos en mi cuaderno, le doy vueltas en la cabeza mientras voy al trabajo; incluso llego a platicarla con alguien más —y dicho así, de viva voz, la idea puede llegar a no sonar tan mal— y cuando me siento frente a la computadora y comienzo a teclear, todo se va a la basura. Me molesta tanto.

Sé que los primeros borradores siempre son malos —o casi siempre. Y también reconozco que hay genios a quienes todo les sale bien a la primera. Pero no soy uno de ellos—. Entonces no me desespero. Cuando escribo la misma historia cinco veces, desde diferentes ángulos, con distintas técnicas y al final no logro ni siquiera asomarme al horizonte de lo que quiero que sea, me siento frustrado.

—Tal vez si le quitas los primeros párrafos y no precipitas tanto el final...
—El texto es una mierda. Punto.

Y más me molesta que esto me suceda cuando mi intención es enviar una historia a alguna revista: y el plazo de entrega esté por cumplirse.

No me gusta enviar un texto con el cual no me sienta, si no orgulloso, por lo menos satisfecho. Porque estoy conciente que una vez publicado, ya nada puedo hacer contra él. Y si en un futuro me lo vuelvo a encontrar, por lo menos no quiero odiarlo.

El disco duro de la computadora está lleno de esos textos que yo mismo he rechazado. Los que me gustan son muy pocos y, para no perderlos, los guardo en un sitio aparte. Y entiendo a los escritores que dicen que para lograr algo bueno hay que escribir muchas cosas que no sirvan. Sólo así se aprende. Sólo así sabemos qué es lo que de verdad vale la pena publicar. Sólo así se va puliendo nuestro “detector de mierda”.

Es que hay temas que simplemente no me inspiran nada, no me hacen reflexionar, no me hacen ver a nadie ni escuchar una sola voz —que es básicamente lo que necesito para comenzar a escribir algo que al final terminará por lo menos cumpliendo su objetivo—. Necesito por lo menos una de esas condiciones para comenzar a teclear.

Porque para mí no es suficiente tener una historia ni una estructura —esas partes artificiales de un relato, que son más artesanales que sensibles—. Sino que necesito algo que me mueva; una voz, un personaje real; un buen pretexto.

—¿De verdad no lo vas a enviar? ¿Tanto trabajo para nada?
—De cualquier forma, hoy cerraba la convocatoria. Ya no hay tiempo para un sexto intento.


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