miércoles, 14 de mayo de 2014

El tío Jorge

El tío Jorge no era el tipo más inteligente que he conocido. Le gustaba sentarse en su habitación a observar las paredes, con la boca un poco abierta, descalzo, despeinado. Por eso la familia lo tenía viviendo en el rancho. Ahí, él inventó una máquina para leer el pensamiento de las gallinas.

La máquina era un pequeño sombrero metálico, con cables y chupones de hule, conectado a una placa electrónica que el tío construyó con partes viejas de radios y televisores. El sombrero se lo colocaba a una gallina —que a mi hermana y a mí nos costaba mucho trabajo atrapar—, se lo amarrábamos por debajo del pico y luego nos quedábamos mirándola, y ella mirándonos, mientras los foquitos se encendían y apagaban. Después de unos minutos, le quitábamos el sombrero y mi tío interpretaba la información.

—¿Entonces?— pregunté.
—¿Entonces qué?
—¿Qué dice la máquina?
—Nada. Las gallinas no piensan.
—Pero eso todo el mundo lo sabe— dije—. Cuando la abuela le da la cabeza de las gallinas a los perros, clarito se ve que no tienen cerebro.
—Bueno, pues ahora pueden estar seguros de eso: No piensan nadita de nada.