El tío Jorge no era el tipo
más inteligente que he conocido. Le gustaba sentarse en su habitación a
observar las paredes, con la boca un poco abierta, descalzo, despeinado. Por eso
la familia lo tenía viviendo en el rancho. Ahí, él inventó una máquina para
leer el pensamiento de las gallinas.
La máquina era un pequeño
sombrero metálico, con cables y chupones de hule, conectado a una placa
electrónica que el tío construyó con partes viejas de radios y televisores. El
sombrero se lo colocaba a una gallina —que a mi hermana y a mí nos costaba
mucho trabajo atrapar—, se lo amarrábamos por debajo del pico y luego nos quedábamos
mirándola, y ella mirándonos, mientras los foquitos se encendían y apagaban.
Después de unos minutos, le quitábamos el sombrero y mi tío interpretaba la
información.
—¿Entonces?— pregunté.
—¿Entonces qué?
—¿Qué dice la máquina?
—Nada. Las gallinas no
piensan.
—Pero eso todo el mundo lo
sabe— dije—. Cuando la abuela le da la cabeza de las gallinas a los perros,
clarito se ve que no tienen cerebro.
—Bueno, pues ahora pueden
estar seguros de eso: No piensan nadita de nada.
Original, (yo a veces soy como las gallinas)
ResponderEliminarUn abrazo.