Había pasado tanto tiempo desde la última vez, que creí haber olvidado cómo andar en bicicleta. Tramité la credencial porque la nostalgia y los buenos recuerdos de cuando tuve la mía me empujó a hacerlo; bueno, eso y que hay una estación de bicicletas justo en la esquina de mi casa. Pero fue nomás sujetar el manubrio y sentí que sólo había pasado un día desde la última ocasión que me subí a una.
Sonreí. Eso fue lo primero que hice al sentir que las ruedas giraban sobre el asfalto y que mis pies empujaban los pedales. Sonreí tanto que tuve que detenerme y tomar aire. Pero al volver a andar no pude evitar la sensación en el pecho... esa sensación de felicidad.
Del sitio en que tramité la tarjeta para alquilarlas a mi casa no hay más de quince minutos, que pasaron muy rápido. Entonces volví a detenerme, quería seguir andando —no me importaba quedar adolorido (y bien sabía que eso iba a pasar)—. Así que pensé en el sitio más lejano al que podía ir y hacía ahí dirigí mis pedalazos. Disfruté el sol y el viento y los automóviles pasando muy cerca de mí; disfruté el dejar de pedalear y la inercia de la bicicleta en las bajadas. Disfrute el sonido que hacen las llantas al rodar.
De verdad, yo creo que habían pasado más de diez años desde la última vez que me subí a una. Tal vez mucho más. Cuando era pequeño, casi joven, no recuerdo una sola ocasión en que haya salido a la calle sin montarme en mi bicicleta. Hasta que un día me la robaron.
Tal vez desde ese momento no me había vuelto a subir a una. Y no es porque tuviera miedo de hacerlo sino que simplemente no volví a comprar otra. Pensé que había olvidado cómo andar en ellas.
Ahora he vuelto a usarlas cada que voy a cualquier parte donde hay una cicloestación —nombre que reciben esos como establos para bicicletas que hay por todos lados en mi colonia y en algunas colonias vecinas—. Puedo hacer el trayecto desde el Centro Histórico —algo que disfruto mucho pues evito subirme al metro con sus apretones y sus trenes lentos y el sudor—. O puedo ir a La Condesa sin necesidad de caminar o tomar el microbús.
Me gusta la oportunidad de moverme solo, de disfrutar mis pensamientos y la velocidad.
Siempre he sido un hombre de a pie. No tengo auto porque no sé manejar, y no manejo porque me da miedo hacerlo. Me pongo tenso. Siento que en cualquier momento, al ir por una calle estrecha, en la noche, saldrá corriendo un niño y lo voy a atropellar. Voy a todos lados en transporte público o caminando. Y ahora que el sitio donde vivo me ofrece la oportunidad de andar por todos lados en bicicleta, la he recibido con agrado. Ya soy un hombre rápido.
La masificación en las ciudades han hecho que cada vez las bicicletas forman parte del paisaje urbano. Se ven muchos viajeres en su bicicleta que alquilan por horas.
ResponderEliminarTu breve relato me lleva a mi infancia dónde corría por las cuestas, jugando a hacer carreras. Dicen que montar en bicicleta nunca se olvida.